abril 08, 2011

Dopamina

El cigarro y el pensar

Por Mario Valverde M.

clip_image001El cigarro, la dopamina y el pensar constituyen un buen triángulo que se arma en el uno para el otro. Veamos la acción. El buen filósofo que proviene de una buena idea, la buscó por meses, como el buscador de oro en ríos y quebradas. A cada paso, la dopamina se aprovecha. El pensador decía, mientras inhalaba profundo: “Ese es el buen camino”. “He estado perdido por mucho tiempo, ahora veo la luz”. “Tengo la palabras precisas para construir la categoría que buscaba”.

La dopamina, por su parte, bien celebremos este momento con un cigarro, es el momento, no hay otro para el placer. El pensador no tiene otro camino. Ha unido su esfuerzo de la urdimbre oculta, a la explicación más humana de todas: la explicación racional de los fenómenos, que no son las cosas en sí mismas, sino la explicación más universal posible, la más cercana sin ser nunca la explicación final.

Dopamina de nuevo ataca, de acuerdo, pero no somos solo seres racionales, también vivimos de la emociones, las celebraciones; por eso apelo a tus memorias, a toda la central del cerebro-mente para que saques otro cigarro y otro. Recuerda que siempre habrá un motivo para la adicción. Y el pensador refuta. Y a la verdad yo me complazco, siento un compañero en el humo de la soledad de mis lubricaciones, del juego eterno como especie de condena de tener que explicarlo todo, de darle una salida racional, llámese amor, trabajo, lectura, simple diálogo con un amigo, convivio en un café, velorio, galaxia, barrio, ciudad, etc.

Dopamina, sí tengo muchos aliados. Hoy escribo del cigarro, pero lo cierto es que una vez que me liberan, el depredador placer luchará fuerte para no regresar a su nido; lo más cercano, la explicación del mito de Adán y Eva y la manzana-dopamina que activó con la famosa mordida, todas las adicciones conocidas. Por el momento, debo confesar que dejé de fumar hace veinte años. Ella a veces me llama como la amada lejana, que tienta con sus frescos racimos, pero como el viejo amor, por dicha ya lo he olvidado. Ahora dejo de escribir y apuro un vino tinto.

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