julio 05, 2011

160. La recaída

Por Daniel Garro Sánchez

He aquí un breve aperitivo sobre otro de mis temas favoritos: el vampirismo.

Se titula La recaída:

clip_image002 Fue una blancuzca y nublada mañana de lunes cuando apareció el cadáver de Jessica, vestido con las hojas secas de un vetusto y odioso roble lleno de indiferencia; su cabello negro y sedoso lucía como aceite derramado sobre la tierra seca, una estrella negra sobre el cuero pardo, agrietado y escamoso de un reptil. Su cuello amoratado exhibía las marcas aterradoramente explícitas de la causa de su muerte, y la ciudad entró en caos, porque no existe en el mundo alguien que no sepa reconocer el poderoso emblema de terror plasmado en la mordedura de un vampiro. En vida, Jessica era la clase de chica que yo prefería sobre todas las demás; era la perfecta combinación de negro y salvaje cabello lacio, ojos de océano veraniego, brillante sonrisa y figura de arabesco. A ella le gustaban los tatuajes; se había puesto alas de ángel negro en la cintura, justamente sobre el coxis; una media luna alrededor del ombligo, un brazalete espinoso en la muñeca derecha, un deforme Jack Sparrow en el hombro y una rosa negra en el pecho izquierdo.

Jessica fue la culpable, realmente; ella lo inició todo, ella fue la provocación; Jessica fue la Pandora que abrió la caja llena de horrores.

A Melissa la encontraron acostada en la banqueta del parque, envuelta en la pesada niebla que los sauces parecían exhalar; su mano colgaba entrecerrada tocando el oscuro cemento, y sus cabellos blondos fluían como la miel de abeja entre las barras de metal de la banqueta. En vida fue una mujer altiva y arrogante, de belleza imposible y complejo de princesa; era un poco neurótica y rematadamente histérica; le gustaba el porno, la marihuana y el sexo, aunque no era muy buena en eso, y frecuentemente prefería arreglárselas ella sola. Las marcas de colmillos fueron halladas en uno de sus grades y exquisitos pechos, que nunca alimentaron a un hijo, pero sí a un vampiro.

Sirlene fue hallada en su propia habitación, detrás de los muros y los barrotes y las cercas y las alarmas que sus padres habían dispuesto con el propósito infecundo de resguardarla; estaba en su propia cama, tiernamente arropada, con una muñeca entre sus brazos. En vida, fue una presencia inquietante cuya mirada parecía estar en guerra, una guerra donde la inocencia se enfrentaba a la malicia; sonrisa de niña y cuerpo de mujer, un crepúsculo de sensaciones adversas. En su muñeca apareció la mordida.

Después siguieron Jennifer, Nicoletta, Adriana, Sofía, Carolina, Vanesa y finalmente varias prostitutas. Ante los ojos aterrados de una ciudad impotente, el ritmo de las muertes enloqueció hasta llegar a un desenfrenado heavy metal de una por noche, desembocando en la masacre de mujeres más grande y espantosa que los citadinos hubieran conocido.

Pero súbitamente, las muertes cesaron; la policía, la prensa y los aterrados habitantes esperaron el siguiente cadáver con fatal y ansiosa resignación… pero no hubo más cadáveres; no con marcas de vampiro al menos. La embriaguez había pasado, y en su lugar nos quedó una larga resaca de miedo, pesadillas, desconfianza y remordimientos. Los efectos nocivos de la hermosa Jessica se disiparon como una mala idea, y la mayoría de nosotros logramos medio volver a nuestras rutinas de gente dizque viva.

Naturalmente, comprendí que era injusto culpar de todo a la pobre Jessica; ella todo lo que hizo fue ser bella y apetitosa, y existir en el mundo como una presencia de radiante y suculenta hermosura; todos esos encantos reunidos, esa sonrisa, ¡y ese flujo sanguíneo a flor de piel!, discretamente provocativo, como la forma de las caderas bajo la ropa. ¡Era imposible resistirse! Todos los bestiales instintos de cazador se despertaron, las sensaciones que tenían años de estar sepultadas bajo la disciplina y el autocontrol… ¡se desbordaron!

“¡Fue un desliz! –pensé-; no debió suceder, ni debe volver a suceder. Tendré que irme de aquí; esta ciudad es un paraíso de jugosas chicas de buena calidad, ¡son demasiadas tentaciones! Volveré a mi pueblo, detrás de la montaña, al otro lado del pantano, donde no existen los perfumes; tendré que quedarme allí durante algún tiempo, hasta que se me haya pasado completamente la ansiedad.”

Y también debería limarme los colmillos… ¡Ya han crecido otra vez y podrían delatarme!

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