marzo 05, 2012

187. Las cosas se nombran


Mario Valverde M. 


Si yo no nombro las cosas, las cosas no existen; una vez nombradas, aparecen los adjetivos, bichitos que califican con un valor y pasan de inmediato a mundo de los valores. Las cosas públicas tienen un trato público, algo así como un pacto social o un contrato; y las cosas privadas tienen un trato privado, ese espacio de mi yo o de unos pocos.

El recién nacido olfatea, luego ve, retiene, oye o medio oye, toca. Ese instinto no lo afloja para agarrarse a la vida. Huele desde la profundidad del vientre materno y desde el primer momento que pega su boquita al pezón. Después, mucho después, gime o lanza la palabra “mamá”, la palabra más hermosa en su salvavidas de su estructura débil. Y como ya lo dijo Aristóteles, somos ante todo, animales de palabra, con la diversidad humana de idiomas.

Todo empieza por recoger en las memorias limitadas, como especie de telaraña, todo lo que percibimos. No necesito -milagro no canonizado- meterme el elefante, el barrio, el árbol de Guanacaste, las calles y avenidas, las orquídeas y las oropéndolas, en mis memorias finitas, de la galaxia mente, como la llamaba la premio Nobel de química Rita Levi. Simplemente por un mecanismo cognitivo desconocido -al menos para el que esto escribe- se transforman en imágenes, o en una aproximación de las cosas, nunca serán las cosas, tal y como son en su esencia; pero no importa, con la imagen del olor a cierta orquídea, digamos torito, la guayaba (la del olor de infancia de Gabriel García Márquez); con el sonido del yigûirro, o comemaíz, o el grito de la ballena jorobada en su transitar eterno de los mares, es suficiente para medio vivir entre las cosas. Luego vienen los adjetivos, los predicados, las ideas, los conceptos y un grado de evolución superior en esta bendita raza humana: las leyes dominio de los fenómenos ocultos.

Ese es el juego de la vida: jugar a explicarme el mundo que nos rodea. Vaya experimento maravilloso de lo humano a su sometimiento a los retos de la sociedad y sus propias experiencias, incluyendo las inteligencias emocionales en su recorrido de un tiempo que se abre y se cierra como esas flores de mi jardín que yo bauticé con el nombre de resurrección (palomitas blancas de fondo lila) que se anuncian en el alba y nos dejan al aproximarse el ocaso. Por eso, mejor hacerle caso a Horacio, con su sentencia Carpe Diem (“aprovecha el día”). Yo agregaría, saca tus sentidos a pasear para aprovechar el viaje vagabundo más maravilloso. Lo demás son trampas sociales. Desvíos de nuestros instintos, de un regalo que muchas en nuestro paso de vida, en nuestra galaxia mente no descubrimos ni 10% de sus placeres espirituales. Tal vez, por eso, los grandes Maestros nunca se ocuparon de trabajar, ni del poder…sólo de dedicaron a nombrar las cosas: COMO LOS NIÑOS Y LAS NIÑAS.

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