marzo 19, 2012

189. Crónicas cubanas (parte 3)


Daniel Garro Sánchez


     Concluyo hoy, para no aburrir a mis lectores, con esta breve serie de crónicas que se me han hecho insuficientes para todo lo que desearía comentar sobre mi viaje a Cuba. Quizá en otro momento pueda hacerles una ampliación y publicarlas en forma íntegra.
     Por el momento, considero obligatorio mencionar un par de cosas con respecto a la Feria Internacional del Libro, que en Cuba se acostumbra llevarla a cabo en el imponente escenario del “Morro”, como se le conoce popularmente, pero que en realidad abarca varias grandes edificaciones que, indistinguibles entre ellas para el visitante poco informado, constituyen un sola fortaleza de colosales dimensiones. Se trata del Castillo de los Tres Reyes del Morro, la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, la Fortaleza de San Salvador de la Punta y el Castillo de la Real Fuerza de La Habana.

     Con un romántico no-sé-qué de aventura de piratas, con una vista impresionante que domina toda la bahía, gran parte de La Habana y un amplio tramo de horizonte marítimo, y poderosamente armada con numerosas hileras de cañones en todo su perímetro, esta fortaleza inexpugnable de roca amarillenta y sólida es un obsequio para la vista y la curiosidad, y el lugar perfecto para que una feria del libro despierte la imaginación de sus visitantes entre torres, pozos, túneles y calabozos que hacen pensar en tantísimas historias fantásticas que no me atrevo a enumerarlas.
     Pero no obstante el tamaño de este lugar de ensueño, la masa de público que visita la feria lo colma hasta hacernos sentir claustrofobia. Es increíble que en Cuba, una isla en todos los sentidos concebibles de la palabra, haya semejante entusiasmo y asistencia a la feria, como si la censura impuesta por el gobierno despertara una frenética ansia de conocimiento, una curiosidad desesperada. Apenas se puede caminar, la muchedumbre es sofocante y las filas para ingresar al Morro superan siempre el centenar de metros, incluso en horas de la tarde, cerca del final de la jornada.
     No puedo dejar de pensar en todas las contradicciones que surgen al comparar esta fiesta multitudinaria de la literatura en Cuba con lo que ha sucedido en Costa Rica y su feria del libro, que año tras año desluce cada vez más y que ha cedido terreno ante otras festividades que no están dedicadas de forma exclusiva a las letras, pero que han tenido mejores resultados, como Transitarte o el mismo Festival Internacional de las Artes.
     En Costa Rica: un país libre.
     De cualquier forma, noto que el cubano promedio es mucho más culto y analítico de lo que podría indicar su áspera forma de hablar, sus ocurrencias hilarantes y su frecuente falta de modales. No es raro hallar viviendo en casas en ruinas a cubanos que han cursado hasta cuatro carreras universitarias, o que han sido médicos o ingenieros en otros tiempos, o incluso en el presente.
     Ahora bien, el estimable lector preguntará: ¿y qué hay con Fidel?
     Pues bien, a Fidel hemos llegado a decirle “El Innombrable”; ningún cubano lo menciona directamente; es una sombra omnipresente que se percibe en todas partes y en todo lo que se habla, pero jamás se nombra. Mientras no se diga su nombre, siempre hay a quién desviar la culpa de la situación: a Estados Unidos en primer lugar, al bloqueo, a la caída del muro, a los huracanes, etc.
     Los turistas más experimentados nos advierten a los que vamos por primera vez que nadie debe escucharnos hablando sobre Fidel con un cubano; no porque vaya a haber problemas para nosotros, sino porque habría problemas para el cubano… graves problemas. El turista, si es consciente, deberá ser precavido para proteger a sus anfitriones. Así mismo, si alguien pregunta, ni el hombre del auto que nos trajo del aeropuerto, ni la dueña de la casa donde nos hospedamos nos están cobrando; si alguien pregunta, jamás hemos tenido comunicación por Internet con ellos antes de viajar a la isla; si alguien pregunta, la jinetera es una amiga. Se dirigen con extremas precauciones como si los observaran en todo momento; a diferencia de Costa Rica, los taxistas y choferes en general temen violar las leyes de tránsito; jamás exceden el límite de velocidad ni estacionan donde no deben, ya que hacerlo puede costarles la pérdida del auto y la licencia. No obstante, la presencia de militares, policías e incluso de inspectores de tránsito me parece sumamente escasa. La respuesta me la dan poco después: el gobierno tiene funcionarios mezclados entre la gente con la misión de denunciar a los que violen la ley de cualquier forma, y han empezado también a utilizar cámaras desde hace algún tiempo en diferentes puntos de la ciudad. Además, la severidad de los castigos justifica de sobra cualquier precaución.
     Es Cuba un lugar tan extraño que llega el momento en que aquellas cosas que antes eran cotidianas se vuelven extrañas, como ver una Coca Cola en el supermercado, o algún producto marca Nestlé, o la última película de Harry Potter en el cine, junto a una producción chechena que no esperaría ver en los cines de Costa Rica; o un estrepitoso rótulo de “NEW!” en paquetes de comida de marca china, con las instrucciones en mandarín.
     La comida es particularmente fea, grasosa, sin sabor, sin especias, y los menús son poco variados. En los llamados “paladares” —restaurantes privados instalados a veces muy rudimentariamente en casas particulares, con permiso del gobierno— la cantidad de sillas es limitada y la mayoría de las veces hay que hacer fila y comer rápido porque hay gente afuera esperando su turno; el menú puede llegar a consistir en solo tres o cuatro platillos, de los cuales con frecuencia solo hay disponible la mitad. El motivo que se esconde detrás de esto es lo extremadamente difícil de adquirir ciertos productos. Para encontrar surtido y buen sabor, es preciso desembolsar más y visitar los restaurantes estatales dedicados al turista; pero aún así, no puedo decir que la comida haya sido un aspecto positivo del viaje.
     En cuanto al tema de las monedas, apenas he logrado entenderlo, y no con mucha convicción; y la barrera que pretende establecer el gobierno entre los turistas y los ciudadanos cubanos con ese extraño invento del peso convertible, es tan odiosa como el apartheid. Incluso, esta barrera llega a materializarse en un lugar tan familiar y tradicional como un parque (imaginemos algo similar al Parque Central de San José), donde cadenas y policías separan la parte donde solo los turistas pueden transitar y comprar helados; los cubanos deben hacerlo en otro lado.
     Sin embargo, a pesar de las cosas que me causan desagrado, después de algunos pocos días tengo que confesarles mi amor a La Habana.
     No ha sido amor a primera vista, porque su piel despellejada y su permanente olor a viejo han estado a punto de lograr que me arrepienta por hacer el viaje. Ha sido un cortejo gradual, pero rápido, efectivo, inevitable; una seducción, una fascinación por estos trozos de historia que son en sí mismos cada Chevrolet 54, cada trompetista, cada plazoleta y cada apretujada casa de cemento, con columnas griegas y balaustradas regordetas, el teatro donde se presentaron Rachmaninov, Caruso, Alicia Alonso y los ballets de Rusia; y el hotel donde se hospedaba Hemingway; y cada lugar, persona o suceso que me hace exclamar “¡¿PERO QUÉ…?!”
     Los días me dejan exhausto, y al caer la noche no puedo caminar más; pero quiero seguir, de lugar en lugar; y anhelo que sea ya el día siguiente; ni siquiera el cansancio me hace disfrutar la pausa obligatoria del sueño. La ciudad me llama y me provoca, y yo deseo encontrarme con ella y poseerla (o dejar que me posea) como si fuera su amante desesperado.
     Termino entonces mi escueta relación del viaje con una declaración de amor.

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