marzo 19, 2012

189. La dulce tristeza


Mario Valverde M.
No toda tristeza daña, como no todo amor es para siempre.

Hay tristezas que nos acompañan para siempre y nos acompañan y aparecen en saltitos del recuerdo. Camina con nosotros unida a la almohada que espera encontrarse con el sueño. De ese espacio está hecha la frontera de la vigilia y el sueño, y es quizá el espacio más hermoso, libre y primitivo del ser humano. Ahí refugiamos la tristeza que nos gusta, la magullamos lentamente, cambiando miles de veces la versión original. Es decir K perdió su amor de H, pero la perdida mental, la imagen, no se deshace tan fácilmente como el sueño en las mañanas. Juega la tristeza con las posibilidades y la incertidumbre y sobre todo con la esperanza, y es aquí donde se vuelve un placer, donde K y H dejan la realidad de la vigilia, para quedarse en los placeres del ante-sueño, momento prístino donde con la invitación de la imaginación volamos y volamos con el dulce placer de la tristeza. Laberinto cercano a la entrada de la muerte, libertad profunda de mi ser donde me muevo a mi antojo desde el silencio profundo, sin el viento que moleste, sin entrar en el dominio de los sueños. Lugar solitario, inconmensurable, secreto, solo mío, desde donde pueden brotar lágrimas, poemas, canciones, o simplemente me servirá para caminar con una máscara y una sonrisa sospechosa, por cualquier ciudad un domingo por la tarde.



 
Tristeza dulce del campo

 
Tristeza dulce del campo.
La tarde viene cayendo.
De las praderas segadas
llega un suave olor a heno.

Los pinares se han dormido.
Sobre la colina, el cielo
es tiernamente violeta.
Canta un ruiseñor despierto.

Vengo detrás de una copla
que había por el sendero,
copla de llanto, aromada
con el olor de este tiempo;
copla que iba llorando
no sé qué cariño muerto,
de otras tardes de setiembre
que olieron también a heno.

 

Juan Ramón Jiménez. Poeta español (1881-1958).

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