abril 17, 2012

191. El sillón


Mario Valverde M.

Cuando uno se desploma en el sillón, toda la paz queda en sus regazos. No hay mayor amigo que el sillón aislado de familiares, vecinos y amigos (metamos a los enemigos), sin importar la hora, ni el clima, ni la situación financiera del país, ni los resultados del fútbol. Simplemente te dejar ir porque te llegó el aviso “del ya no aguanto más”. Uno deja todo ante el llamado del cansancio existencial. No más arrecuestas la cabeza, todo se vacía: el jefe, tus hijas, las deudas, las enfermedades, el gobierno, los impuestos. Nada importa ante el sillón. Es el regazo placentero, es la paz lejana más cercana a la frontera con la muerte. No es el sueño de la cama nocturna, es el sueñito lento, de a poquitos, que te va llevando como las olas del mar adentro, para desaparecer en las profundidades del placer de no estar conectado por un ratito a la realidad inmediata. Sin el sillón, la acidez del stress -posiblemente-duplicaría la violencia cotidiana.

El sillón es el hermano directo de la hamaca de los indígenas que oscilaban entre las cosechas y las estrellas. El dramaturgo de origen rumano, E. Ionesco, decía que “las ideologías nos separan y los sueños y las angustias nos unen”. Yo agregaría, también los sillones que nos acompañan por largo tiempo en nuestros hogares. Por el momento, amigas y amigos lectores, les dejo, me llegó el llamado irresistible del sillón, y nada ni nadie me puede detener a desaparecer por un momentito de este mundo cruel.

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