mayo 22, 2012

195. Sobre el conocimiento


Daniel Garro Sánchez

Los nazis quemaban los libros en altas hogueras; el esposo machista arruga la cara cuando su esposa lee, trabaja y estudia, y en el peor de los casos, se lo prohíbe —pero por supuesto, él sí puede trabajar, a veces estudiar y, digamos que cuando lo permite su oligofrenia, leer—; desde Lenin, Hitler, Pinochet y Franco, hasta Fidel y su hijo perdido y hallado en el templo, Hugo Chávez, y también allá por la China, se aplica la censura a la prensa, los libros, las películas, la música y las artes en general, prohibiendo gran parte de ellas y, si está en sus manos, desapareciendo a los artistas —pero tengan la seguridad que ellos sí leen, escuchan y conocen todo lo que prohíben—; Charles Manson exigía a sus seguidores no leer los periódicos ni escuchar noticias, ni salir de su cabaña sin su permiso, ni hacer caso a ninguna autoridad que no fuese él —pero él siempre estuvo al tanto de todo lo que sucedía en el mundo exterior—; los musulmanes extremistas impiden que sus mujeres lean y estudien, por no decir que les impiden vivir —pero ellos sí viven—; y por estos lados, desde los pequeños cultos y pseudoiglesias y demás insufribles variaciones de la misma empalagosa melodía, hasta las altas cúpulas de las mayores instituciones religiosas, se recomienda (ya que no tienen el poder de otras épocas para disponer) que no se lea tal y cual cosa, ni se vea tal y cual película, ni se escuche tal y cual música, ni se siga al tal por cual artista que gana popularidad en ese momento...            El factor común de los ejemplos anteriores, que parece y debería ser tan obvio, es por lo visto invisible todavía para gran parte de los seres humanos: cuando una persona, o un grupo, o una institución o gobierno de cualquier índole, desea tener control sobre otra persona o grupo, recurre siempre a dos cosas: primero, la adquisición del conocimiento; y segundo, una vez adquirido el conocimiento, impedir el acceso a él. Quien carece del conocimiento, es presa fácil de quien sí lo posee.            Por eso, y aunque todo cuanto aquí se ha dicho es perfectamente obvio, al igual que lo que sigue, ¡desconfíen! Desconfíen de todo aquel que les cierre el camino al conocimiento, desde el marido que haga muecas si les ve un libro en la mano, ustedes, mujeres, hasta el gobierno que tema a la prensa y al arte, pasando por el líder religioso que “recomiende”, o incluso ordene, no leer, ni escuchar, ni ver. Desconfíen de todo lo que signifique no leer, ni escuchar, ni ver; ¡desconfíen!, porque hay algo que se esconde allí: la manipulación.       La mínima traba en el acceso al conocimiento, debe ser como una sirena de emergencia que nos erice como gatos asustados. La mejor prueba de honestidad y de entereza moral, es la falta de temor a ver el conocimiento en nuestras manos.         Se dice que “quien nada debe, nada teme”; pues que sea ese el Mandamiento Supremo de nuestros tiempos; y que la mayor de las sabidurías sea, precisamente, conocer.

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