julio 03, 2013

224. El último pájaro


Mario Valverde M.

La comunicación vino del satélite Asís. Captó un aletear cerca del lugar conocido como Bosque de la Madrugada, ubicado a dos kilómetros al este de Monteverde. Reflejó colores negros, naranja y blancos. La noticia corrió por el mundo. No había ciudadano con más de cuatro años que no tuviera un celular con cámaras digitales, video, internet; además de portar permanentemente y de forma obligatoria las máscaras anti-gases.
II
La “cacería” por ver el  alado creó una histeria mundial. Desde el año 2050 no se  miraba un solo pájaro. El último observado fue un pájaro marino en Cabo de Hornos. Volaba triste y solitario, se le veía viejo y cansado. Cuando se posó en los fríos riscos, ya estaba muerto. La foto le dio vuelta al mundo y sirvió junto con el vídeo, como material didáctico en todas las escuelas de la madre Tierra. Hasta la aparición de este último pájaro pasaron treinta y dos años, siete días y once horas.

III
Dos generaciones completas nunca vieron volar o posarse a un pájaro, ni mucho menos escuchar su canto. Todo conocimiento era virtual. Los videos trasmitían la belleza de sus plumajes, la construcción de sus nidos, sus múltiples sonidos. Todo era casi real, sólo faltaba tocarlos, verlos, escucharlos de verdad. Los niños y las niñas preguntaban a sus abuelos cómo eran. Nunca les creyeron cuando les contaban que vivían en sus propios jardines. Pero de pronto dejaron de estar.
IV
La locura de los tours para ver el último pájaro no tuvo precedentes. Millones armados con binoculares y cámaras. El satélite seguía ubicando al último pájaro conocido como águila de cabeza calva o rey de los zopilotes. Por aire y tierra lo buscaron por varios días y no aparecía. Posiblemente era otro truco publicitario. Las agencias jugaban con el síndrome de la nostalgia de los tiempos perdidos, sacando jugosas ganancias. A las dos semanas sólo quedaba un puñado de turistas. Siempre habrá, mientras exista vida humana, un grupo que conserve la fe. En la tarde de un día cualquiera, ocurrió el milagro. El rey de los zopilotes cruzó el cielo, con su cabeza calva y su pelota crema en el pecho. No lo podían creer. Se arrodillaron los turistas, alzaron las manos, oraron en agradecimiento, lloraron mientras el pájaro carroñero cruzaba el cielo antes sus ojos. La imagen recorrió el mundo gritando la esperanza. Del rey de los zopilotes misteriosamente los satélites dejaron de captar su imagen. Apenas cruzó el moribundo bosque de Monteverde, nunca más se conoció de otro pájaro vivo surcando los cielos.

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