octubre 22, 2013

232.San José caliza y radiante

Rafael Ángel Méndez Alfaro 
Encargado del Programa de Estudios Generales

·     Encaladas. Lucir los exteriores de las viviendas capitalinas revestidos de cal era una norma hacia mediados del siglo XIX.

“Construido en su mayor parte de adobes –ladrillos secados al sol- y encalado de pies a cabeza, San José se ve limpio y claro”. Con estas palabras describía el paisaje josefino Thomas Francis Meagher, irlandés de origen y estadounidense por naturalización, cuando estuvo de paso por Costa Rica en 1858.

Para entonces, dadas las precarias condiciones de crecimiento material que vivía la joven nación, resultaba muy frecuente el uso de la cal como un revestimiento para las paredes de viviendas en la ciudad capital y sus alrededores.


La cal, material de bajo costo producido en Costa Rica, constituía una alternativa muy viable para uniformar el color de las sencillas moradas que proliferaban en el centro del país, de tal manera que proporcionaban esa imagen de pulcritud que esbozaba de forma precisa el visitante irlandés.

El relato de Meagher forma parte de un conjunto variado de anotaciones dejadas para la posteridad por diversos extranjeros, primordialmente europeos, que visitaron Centroamérica durante el siglo XIX, en las cuales describieron múltiples aspectos de la vida y las costumbres de las poblaciones locales.

Filántropos y peregrinos. Robert Glasgow Dunlop, viajero escocés establecido temporalmente en Costa Rica en 1844, evocaba un panorama desolador en materia habitacional para la capital. Dunlop señalaba: “Las casas nunca tienen más de un piso; unas pocas son de piedra, pero, con mucho, la mayor parte de tierra”. Esta descripción parece confirmar la idea de una precaria herencia colonial en Costa Rica.

Otro viajero, Wilhelm Marr, este de origen alemán, parecía coincidir con Glasgow cuando en 1852 indicó lo siguiente de las viviendas josefinas: “Las grandes ventanas corredizas no tienen cortinas y las persianas son igualmente desconocidas”. Marr, sin embargo, destacaba con cierto escepticismo que “A veces hasta se ven preciosos espejos colgando de una pared blanca”; o bien, llegó a afirmar que al interior de ciertas moradas “contra la pared blanca se pavoneaba orgullosamente un reloj con imitaciones de bronce”.

Estas expresiones, no exentas de colorido, dejan ver algunos aspectos interesantes. En primer lugar parece claro que los lujos en asuntos de decoración de interiores era algo inusual en las viviendas instaladas en la capital. Por otra parte, Marr confirma la sensación manifiesta por otros foráneos acerca de lo inmaculadas que descollaban las paredes de adobe levantadas en San José.

Antes de estos extranjeros, el viajero inglés John Hale, en 1825, pocos años después de haberse efectuado la independencia de Centroamérica, parecía sugerir que la blancura de las casas del centro del país constituía una especie de legado colonial. De visita en Costa Rica, dejó plasmadas las siguientes anotaciones: “Las paredes interiores de las casas son enlucidas, encaladas o pintadas  a la aguada y algunas resultan de mucha fantasía”.

En apariencia, los relatos de viajeros y filántropos europeos por nuestro país, enseñan que el uso de la cal para cubrir los interiores y exteriores de las viviendas en la capital era un asunto de larga data.

Obligatorio. La revisión de la prensa escrita de mediados del siglo XIX ofrece algunas pistas sobre el tema del encalado de las viviendas. El Boletín Oficial # 46 del 16 de diciembre de 1854 en su sección de “Avisos”, daba una clara indicación en ese sentido. La Gobernación de la Provincia de San José anunciaba: “En vista de lo que dispone el artículo 77 del Reglamento de Policía, la Gobernación previene á todos los habitantes de esta Ciudad: que antes del día 8 de entrante Diciembre, deben tener encalado el exterior de las casas, bajo la multa de cinco pesos al que no lo hiciere, además de pagar á la Policía lo que esta hubiere invertido en el blanqueamiento”.

Esta directriz de las autoridades josefinas parece sugerir que la impresión escrita dejada por los viajeros europeos que visitaron Costa Rica por ese entonces, acerca de la “blancura capitalina”, no era un asunto exclusivo de la iniciativa mostrada por los ciudadanos, sino que obedecía también a una medida de orden coercitivo. 

De brocha gorda. A partir de la década de 1870, comienzan a observarse en la prensa escrita algunos indicios de cambios en la imagen blanquecina de la capital. A pesar de que el encalamiento sigue siendo una práctica predominante, aparecen individuos ofreciendo en los periódicos servicios como “pintores de brocha gorda” y establecimientos informando la venta de pinturas de diversos colores.

El Boletín Oficial del 07 de diciembre de 1874, en su número 48, divulgaba la siguiente novedad: “El que suscribe ofrece sus servicios como pintor y entapizador; ofrece en sus trabajos puntualidad, un esmerado gusto y aseo. El que quiera ocuparlo puede solicitar en casa de Jacinto Conejo”. También encontramos a Manuel Rojas, quien se anuncia como “Pintor” en La Prensa Libre del 11 de abril de 1890.

Otros individuos incursionaron en el prometedor negocio de las pinturas desde la década de 1880. El periódico La República del 01 y el 12 de diciembre de 1887, publicaba la venta de pinturas de aceite, barniz, aguarrás y   “pinturas de zing verde y azul”. De igual forma, La Prensa Libre del 24 de setiembre de 1892 señalaba: “PINTURA. Hay un gran surtido de colores en este artículo acabado de llegar á mi Depósito de materiales”. Estas situaciones patentizan la proliferación que se estaba experimentando en esta materia.

La creciente importancia que el trabajo de individuos dedicados a la pintura de brocha gorda comenzó a tener en la Costa Rica de entonces, despertó el interés por la promoción de una organización gremial. Esto se desprende de un anuncio que apareció en La Prensa Libre del 23 de enero de 1890, el cual señalaba lo siguiente: “A  los señores pintores. Nosotros los comisionados, por el presidente del Club de Artesanos; convocamos á Uds como hermanos y compañeros de oficio, para que nos reunamos en gremios, para que por este medio podamos ser útiles á nuestra querida patria, y á la vez para el gran provecho de nosotros mismos”.

La difusión del servicio de pintores en los periódicos, así como la venta de pinturas multicolores, sugieren la presencia de nuevos patrones de consumo entre ciertas familias con un mayor poder adquisitivo en la Costa Rica de entonces.

Con el advenimiento de los pintores de brocha gorda a la capital, quedaba diseminada de forma progresiva la imagen caliza que tanto resaltaron los viajeros y filántropos europeos que visitaron Costa Rica durante la primera mitad del siglo XIX.


(Del libro de Rafael A. Méndez Alfaro. Historiando Costa Rica en el siglo XIX. EUNED, 2012).

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